viernes, 21 de septiembre de 2012


El cine en colectivo sabe mejor

Por Christian Vilches Lizardi

Parte del crew luego del rodaje de Canción de Cuna. Dir. Claudia Sharpe
      Una de las características esenciales de los seres humanos es su habilidad y necesidad de vivir en sociedad; característica que resulta el catalizador de la propia personalidad, pues los humanos están determinados por costumbres de quienes los rodean.

      Los elementos que cada ser humano apropia para sí, a voluntad o de manera inconsciente, hacen diferencias y concordancias con otros seres de su entorno.

      En el arte, históricamente se han encontrado personas que tienen un mismo concepto estético o ético y que han logrado convencer a otros de su visión, dando pie a que en esa misma inercia surjan individuos que estén en desacuerdo con su interpretación y estos contrarios, atraídos por sus concordancias, tengan a bien el enfocarse en demostrar que su versión del arte es la que debe prevalecer sobre la primera.

      Este devenir en la historia del arte ha sido marcado por las academias, por las vanguardias, los “ismos”, etc. Y en el cine han existido y seguirán apareciendo dos o más personajes con la intención de unificar ideas.

      Como ejemplo podemos mencionar a la “Nouvelle Vague” o nueva ola, nombre dado a una corriente cinematográfica conformada por un grupo de realizadores franceses que hace ya 60 años se avinieron para producir obra en contraposición a la estructura típica del cine de su país y se proclamaron a favor de la libertad tanto técnica como de expresión y producción.

      Otro ejemplo más reciente, es el que iniciaran cineastas daneses bajo el mote de “Dogme 95” o dogma 95, con la filosofía de trabajar filmes con mayor producción dramática que técnica o de post-producción, rechazando los géneros que condicionan al espectador y enfocados en la búsqueda de una verdad profunda.

      Pero, ¿qué tan necesario es que un grupo manifieste voluntades en común?

      Pues en principio nace por otra necesidad humana que es la de expresar las conjeturas propias o las que adherimos a nuestro saco cultural, sumándole que al tener con quién compartir y validar nuestra tendencia artística, desarrollamos y consolidamos nuestra permanencia en la tierra.

      Así, hoy, a poco tiempo de la llegada de los tres días de oscuridad, aún sigue existiendo esa actividad de manifestar voces y encontrar alguien para desenvolverlas en nuestro contexto y expandir a su vez esas fronteras técnicas y estilísticas.

      He ahí que surge el caso del Cine Colectivo Guanajuato, que nace de esa imperante voluntad de hacer cine, de coadyuvar con el otro, de convertir a ese otro en parte un uno mismo, de hallar en el arte un escape a esos sueños y a esas arriesgadas ideas que saben mejor cuando se hacen en grupo.

      Esa voluntad en común funciona como laboratorio para que los que saben comprendan nuevos límites y para que los que no saben puedan aprender en la práctica y participar de grandes ideas, teniendo las atenciones para que los egos no sean condicionantes de esta convivencia.

      Si bien es arriesgado mencionar en la misma cuartilla dos corrientes cinematográficas y un emergente gremio de cineastas del centro de México, consideramos necesario (una vez más) manifestarnos, proclamarnos y encontrar, con la ayuda de este breve ensayo, quien sienta que tiene concordancias con más de cincuenta mujeres y hombres que desde sus trincheras personales (músicos, pintores, actores, cineastas, ingenieros, estudiantes, amas de casa, o lo que sea) tienen en el cine un punto de enlace para darle vida a su creatividad y darse cuenta que el cine, en colectivo sabe mejor.

Cine Colectivo Guanajuato. Sed de Luna. Dir. Christian Vilches Lizardi


jueves, 20 de septiembre de 2012


Crónica del Cine de autor mexicano
(Parte 1) 

Christian Vilches Lizardi. 
León, Gto., Noviembre de 2008 


      Para alcanzar a tener una visión panorámica del cine mexicano que llega a las salas comerciales y cineclubes, es preciso comprender dos cosas elementales que han cimentado lo que hoy es el cine en todo el mundo: los Actores y los Autores.
      Mi poca experiencia como difusor del cine ha bastado para notar la marginación que sufren los que tienen la responsabilidad intelectual y artística en las películas: Los autores. Ellos a mi ver son los creadores, en muchas de sus obras, de los personajes y los acontecimientos que suceden en ellas; los cuales se dan, gracias a su intelecto y capacidad de llevar a cabo lo que su imaginación les planteó.
      Al hablar de los autores del cine, no únicamente me refiero a estos franceses que dieron nombre con su invento al que se denominaría a futuro como el séptimo arte; sino también a las mujeres y hombres que sufragaron con su ingenio para formar desde las primeras luces lo que hoy es una gran llama que brilla en todo el mundo.
      Cuando se platica con las personas sobre tal o cual película, sea de la época que sea, siempre se menciona a la actriz o actor que interpretan a alguno de los personajes; contadas son las ocasiones en las que uno, incluido yo, conoce el nombre del guionista, del director de fotografía o arte, del compositor de la banda sonora y del director del filme y considero que es en ellos en quien se fue esbozando pieza por pieza un cine que se consolidó firmemente para que las masas disfrutaran en un par de horas un trabajo de meses, inclusive de años, donde los autores inmiscuidos rebasan en la mayoría de las situaciones al número de actores.
      Los primeros pasos que dio el cine en México se debieron a los extranjeros desde su arribo; cuando los hermanos Louis Jean y Auguste Marie Louis Nicholas Lumière mandaron a unos emisarios quienes visitaron el Castillo de Chapultepec donde frente a Don Porfirio Díaz en 1896 proyectaron sus primeras 10 películas (cortometrajes) en el aparato patentado un año antes bajo el nombre de Cinematógrafo. Por supuesto que no es necesario extenderme en relación al amor que tendría este mandatario por un aparato de invención francesa. Lo que sí vale la pena mencionar es que el General Díaz sería filmado en El Presidente de la República Paseando a Caballo en el Bosque de Chapultepec junto con otras 35 vistas (todas las películas eran de un rollo) en la capital del país, en la ciudad de Guadalajara y en el puerto de Veracruz.
      El programa de las primeras proyecciones que llegaron desde Europa a México estaba constituido por diez películas de 17 metros, entre las que se encontraban Partida de Naipes, protagonizada por miembros de la familia Lumière, La Llegada del Tren (obra de gran impacto porque se veía un tren en dirección a los espectadores que se sorprendían), y, sobre todo, Salida de los Obreros de la Fábrica Lumière, la primera cinta rodada por los hermanos y un importante documento social antecesor de los primeros documentales. El personaje mexicano (implicado en la historia del cine) por el que iniciarían estos eventos fue Salvador Toscano Barragán, de quien se sabe era un ingeniero de minas quien a raíz del éxito que vio, pensó que sería un buen negocio y por ello se convirtió en distribuidor ambulante e introductor del cine en México.
      También fue realizador de documentales sobre la Revolución Mexicana, los cuales, fueron reunidos por su hija en 1950 bajo el título Memorias de un Mexicano. Toscano Barragán es considerado autor de la primera película de ficción mexicana, cuando creó, en un solo rollo, en 1898 su obra: Don Juan Tenorio. Cuando los hermanos Lumière vieron la buena respuesta, vinieron a principios del siglo XX para filmar diversos rollos sobre escenas mexicanas, como El Cuerpo de Soldados Rurales o El Canal de la Viga, todos aún durante el periodo de la dictadura de Porfirio Díaz.
     
 CONTINUARÁ…