Por Christian Vilches Lizardi en colaboración con Casandra Lluviel González
El rango de posibilidades de interpretaciones o decodificaciones de una obra fílmica siempre se verá influenciado por infinidad de agentes tan diversos que por tanto, la abstracción de una película conlleva adjunta a sí misma un trabajo que requiere analizarse para vislumbrar la magnitud real desde el proceso creativo hasta los del receptor final.
Para acercarnos al estudio de una película, igual que a una obra literaria, pensándola como una unidad de contemplación, se acostumbra recurrir generalmente a las figuras sujeto: para con ello poder aludir al “que presenta el texto (autor), cuenta la historia (narrador), vive en el mundo ficcional (personaje); y quien escucha, observa y desea que la historia sea contada (espectador). (Branigan, 2004, p.43).
La contemplación habitual del cine, como sucede en otras artes, viene a ser determinada por la subjetividad, que es, el valor de la atención intrínseca que nosotros brindamos a la película que vemos. La subjetividad está relacionada con la facultad de percibir y de sentir.
Cuando nosotros externamos nuestras conjeturas sobre una obra, debemos diferenciar entre el desglose de acciones (acontecimientos) o la narrativa en sí, de la labor crítica de nuestra percepción; ser subjetivo no refiere a contar de qué trató la película ni las vicisitudes de los personajes (nuevamente la narrativa) sino del conocimiento adquirido de dicha historia y de las percepciones que, individualmente, sustraemos de ella.
Las relaciones construidas y registradas que conservamos de la película forman la narración, misma que deriva del ejercicio de mostrar lo visto, escuchado y comprendido.
Aquí entra otro factor de comprensión en la lógica del mensaje recibido, que es el metalenguaje, que refiere a los códigos provenientes de las imágenes y sonidos que llegan a nuestra recepción sensorial: elementos del propio espacio donde presenciamos la obra, los ruidos incidentales de la sala y hasta factores como la posición de ángulo de inclinación al momento de ver la luz proyectándose y los posibles objetos que interfieren y convierten la experiencia de estar en el cine en un momento único e irrepetible.
El fenómeno de retención de la memoria sobre las imágenes al paso del tiempo deforma y crea una nueva realidad. En la cual no aparece todo el espacio que existía entre la pantalla y el ojo, ni todo lo que sucedió entre los dos. El ángulo de inclinación de altura y de costado es también eclipsado ante la aparición de nuestra realidad creada a partir de la memoria.
La dinámica de percepción a través de una imagen que entra en nuestra memoria se resuelve de la siguiente manera: Lo que yo veo, la memoria ideal, yo creador de imágenes y yo soy el receptor de imágenes de la memoria.
La proyección de luz refleja a mi retina y se decodifica en mi mente (lo veo) cuando este momento termina, mi memoria puede simular la realidad y en un instante podría ver el lugar de proyección en el que yo justo veía la película (la memoria ideal). Un paso después es la reflexión de que yo soy el creador de dicha realidad (creador de la imagen) y por último termino por definirme como el único espectador de todo este suceso de la realidad simulada. A partir de este proceso es posible exteriorizar mi juicio.
Por tanto, resulta inconcebible la idea de que la objetividad exista, pues yo mismo soy todos los sujetos que intervienen en la apreciación y asimilación de una obra cinematográfica. No hay objetividad al tratarse de sujetos, pues la conjunción de elementos que derivan en una película son entidades que existieron, sí, mas fueron re-creadas dentro de la memoria de un sujeto, ya no son más objetos físicos sino subjetividades.
La esencia humana parte de ser un sujeto que observa un objeto, es decir, es el elemento que realiza la acción, al contrario de quien la recibe, por lo que afirmar que la objetividad pueda encontrarse dentro del espectador es negarle a éste su condición humana.
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